EL PENSAMIENTO CRÍTICO COMO ÉTICA DEL PENSAR
EL PENSAMIENTO Y SU OBJETO
El pensamiento es esencial al ser humano, no en vano definía Aristóteles al hombre como "Animal racional", siendo lo racional la diferencia específica que distingue a la especie humana de todos los demás animales. Dado que el pensamiento es el elemento esencial específico en el humán, es claro que de su ejercicio y desarrollo adecuado dependerá en gran manera que el ser humano alcance la plenitud de su naturaleza, de su potencialidad más importante y por lo tanto de su felicidad.
El pensamiento es una capacidad natural, pero debe ser cultivado, debe ser perfeccionado, debe ser llevado a su funcionamiento más eficaz. Descuidar al pensamiento, no mejorarlo, no preocuparse por depurarlo de vicios o retorcerlo para conseguir deshonestamente nuestros intereses, para sostener nuestros prejuicios, solo trae como consecuencia que el ser humano se dañe a sí mismo o al menos que yerre el blanco para el que estaba dispuesto por su misma naturaleza.
Sin necesidad de establecer una definición específica del pensamiento, podemos encontrar en él, con una simple reflexión, varios elementos que lo estructuran: el pensamiento sucede en la mente de un sujeto; todo pensamiento es pensamiento de algo, es decir, de un objeto; ese objeto puede ser el mismo pensamiento, un estado interno psicofísico, o puede ser algo externo e independiente del sujeto.
El pensamiento entonces trata de aprehender el objeto y no solo de girar alrededor de él sin tocarlo. El pensamiento escudriña el objeto, se adentra en él, lo examina por dentro y por fuera, en su esencia y en sus accidentes, en su forma y en su contenido.
En consecuencia, el pensamiento se relaciona con un objeto creado por él mismo o percibido, imaginario o real, topándose necesariamente con lo que es ese objeto, con la manera cómo interactúa con otros objetos, con la forma en que se comporta y se desarrolla.
Se pueden encontrar distintas formas de pensamiento, según el talante con el que se aproxime a los rasgos constitutivos del objeto que se piensa:
- Un pensamiento descuidado que no le interesa para nada las características propias del objeto, lo mira sin verlo, se queda con algunos rasgos obtenidos con esa primera vista superficial, se hace una idea pero no profundiza ni corrobora que esa idea se adecue al objeto. Este tipo de pensamiento se le puede denominar Pensamiento Acrítico.
- Un pensamiento acomodador que sí se preocupa por el objeto, pero solo en tanto pueda moldear ese objeto a sus intereses preestablecidos. Es el pensamiento que busca que el objeto se acomode a sus prejuicios y preconcepciones, en vez de esperar para adecuarse al objeto y sus características específicas. A este tipo de pensamiento lo podemos llamar Pensamiento (Auto)Persuasivo.
- Por último, un pensamiento diligente que busca investigar cómo es el objeto, que confronta los enunciados acerca del objeto con el objeto mismo, que suspende el juicio mientras examina con detenimiento el objeto, que evalúa de las afirmaciones su consistencia lógica y exige pruebas de lo que dicen. Este tipo de pensamiento lo conocemos como Pensamiento Crítico.
LA ÉTICA COMO ESTÉTICA
La palabra griega Ethos, de la cual se deriva el término Ética, tuvo varios sentidos en el marco de la cultura griega que la generó.
Una primera significación es la de "Morada". Esta acepción hace referencia al lugar donde se habitaba, a la polis, al pueblo, sus costumbres y las maneras en que desde allí se percibía lo correcto o lo incorrecto, lo prohibido, lo permitido y lo encomiable. Este sentido fue progresivamente profundizándose para entenderse como la propia estructura del hombre, como su forma de ser en el mundo, la esencia en la que permanece su cualidad de ser humano, la cual sirve como soporte y referencia para los actos del individuo.
Un segundo sentido tiene que ver con el "carácter", entendido como la configuración que va adquiriendo la persona a partir de los actos que se van repitiendo una y otra vez. Es decir que, sobre la naturaleza humana común, cada individuo va modelando una forma específica de su propia persona a partir de los hábitos; estos hábitos no son otra cosa que la repetición de ciertas maneras de actuación, que a su vez generan la predisposición a seguir actuando de ese modo.
Tradicionalmente, si esos hábitos son buenos, es decir, si contribuyen al perfeccionamiento de la persona, al desarrollo pleno de sus potencialidades, se les llama virtudes; y en cambio, si esos hábitos dañan o destruyen a la persona o torpedean e imposibilitan su desarrollo, se les llama vicios.
Ahora bien, una lectura cuidadosa de Aristóteles nos obliga a reconocer algo que el racionalismo moderno tendió a olvidar: la formación del carácter no es un proceso puramente intelectual. Para Aristóteles, la virtud plena integra tanto la dimensión racional como la emocional. El hombre verdaderamente virtuoso no es el que actúa correctamente a pesar de sus emociones, sino el que ha educado sus emociones hasta que quieren lo que la razón reconoce como bueno.
El pensamiento crítico, entendido como ética del pensar, no es entonces la supresión de las emociones sino su disciplina y orientación. Se necesita algo parecido a la valentía —que es una emoción bien templada, no su ausencia— para sostener una conclusión impopular. Se necesita algo parecido a la humildad afectiva para reconocer que estábamos equivocados. Se necesita una forma de amor a la verdad —que los griegos llamaban philaletheia— para perseverar en el examen cuando el autoengaño sería más cómodo. Estas no son actitudes puramente racionales: son disposiciones del carácter en las que razón y emoción han aprendido a moverse juntas.
En este sentido, cultivar el pensamiento crítico no es hacerse más frío sino hacerse más íntegro: lograr que lo que pensamos, lo que sentimos y lo que hacemos apunten en la misma dirección.
La ética entendida como formación del carácter adquiere entonces un significado estético: a través de aquellos hábitos que obtenemos desde la repetición, nos convertimos en los artistas y al mismo tiempo en nuestras propias obras de arte, las cuales serán muy bellas, o no tan bellas, o simplemente feas, en la medida en que logremos perfeccionarnos a nosotros mismos. La ética se constituye de esta manera en una estética de la vida.
LA VERDAD COMO NECESIDAD
Un valor por definición es una cualidad deseable y estimable. Deseamos y consideramos como dignas de estimación muchas cosas, dependiendo de la cultura en la que vivamos, de las tradiciones, de lo que nos enseña la sociedad o inclusive de lo que nos transmiten los medios. Sin embargo, a pesar de las formas variables que pueden tomar esos valores, todos ellos se fundamentan en último término en las necesidades humanas, en la creencia consciente o no de que su obtención suplirá una de esas necesidades. Teóricos como Maxneef o Maslow han generado taxonomías de las necesidades humanas, desde las cuales se puede identificar claramente de qué manera los valores humanos se deducen en última instancia de ellas.
Por otra parte, el problema de la verdad, tanto por su condición de valor ético como por su definición correcta, ha generado muchísimo debate a lo largo de la historia de la filosofía. Toda esta larga discusión, sin embargo, parece desconocer que a nivel básico la verdad es una necesidad humana. La verdad entendida como correspondencia entre el objeto y su representación mental es un asunto de simple sobrevivencia. Para el ser humano primitivo era vital, por ejemplo, la verdad de los ciclos naturales para planificar sus proyectos agrícolas, la verdad del comportamiento animal para efectuar una caza eficiente o para librarse de ser presa fácil de algún depredador. De igual manera hoy día, la necesidad de la verdad sigue siendo acuciante: sigue siendo necesaria para curar las enfermedades, para navegar en alta mar, para volar de un continente a otro o simplemente para alimentarse adecuadamente.
La verdad es una necesidad básica y por tanto es valiosa. Sin embargo, es preciso reconocer que en los dominios donde la correspondencia simple no alcanza —la ética, la política, la historia— el pensamiento crítico no abandona la verdad sino que adopta una noción más modesta y más exigente a la vez: la de coherencia racional sometida a revisión permanente. No se trata de relativismo —la idea de que toda perspectiva vale igual— sino de lo que el filósofo americano Charles Peirce llamaba la verdad como límite ideal hacia el que converge la investigación honesta y persistente. En esos dominios complejos, la verdad no es un punto de llegada sino una dirección de marcha: lo que distingue al pensamiento crítico no es que posea la verdad, sino que nunca renuncia a buscarla y nunca cierra prematuramente el examen.
Esta postura tiene un nombre en la tradición filosófica: falibilismo. Reconocer que podemos estar equivocados no es una debilidad del pensamiento crítico sino su condición de posibilidad. Solo quien admite que puede errar tiene razones genuinas para seguir examinando. El dogmático —quien cree poseer ya la verdad— no necesita pensar: solo necesita repetir.
UNA DIFICULTAD HONESTA
Todo lo anterior argumenta desde adentro de una valoración que no todos comparten. Se ha dicho que la verdad es una necesidad y que el pensamiento crítico es el camino hacia ella. Pero ¿qué decirle a quien no siente esa necesidad, o a quien la ha anestesiado con certezas cómodas o con el ruido permanente de las emociones manipuladas?
No hay una respuesta completamente satisfactoria, y pretender que la hay sería caer en el mismo dogmatismo que se critica. Pero sí es posible señalar dos cosas.
Primera: nadie es completamente indiferente a la verdad en todos los dominios de su vida. Quien acepta que un médico le diga la verdad sobre su diagnóstico, aunque sea dolorosa, ya reconoce implícitamente el valor de la verdad sobre el consuelo del autoengaño. El pensamiento crítico como ética no inventa esa valoración: la extiende desde los dominios donde ya la ejercemos hacia aquellos donde la resistencia es mayor.
Segunda: la experiencia del autoengaño sostenido tiene un costo. Las personas y las sociedades que sistemáticamente evitan examinar sus creencias no quedan intactas: quedan más frágiles, más manipulables, más incapaces de corregirse cuando el error se vuelve costoso. En ese sentido, la ética del pensar crítico no es solo un ideal elevado: es también una forma de autoprotección racional frente a quienes tienen interés en que no pensemos.
EL PENSAMIENTO CRÍTICO: VALOR ÉTICO Y ESTÉTICO
El pensamiento, dijimos al principio, es el elemento diferenciador y esencial del ser humano. Pensar es una necesidad vital, no solo porque constituye una parte imprescindible del lugar en donde reside la humanidad del individuo, de su morada, sino porque le es indispensable para defenderse y relacionarse con el mundo de acuerdo a las características particulares de su especie.
El pensamiento como necesidad da lugar al pensamiento como valor. Un pensamiento valioso estará ligado a la verdad. Un pensamiento que no tienda a la verdad es un pensamiento que atenta contra la propia persona, puesto que no permite una base adecuada sobre la cual fundamentar su desarrollo y crecimiento, al alejarlo de la realidad de sí mismo y de su entorno. El pensamiento que le da la espalda a la verdad, a la realidad, es deshonesto, se engaña a sí mismo y carece de valentía para enfrentarse a las cosas tal y como son. Autocomplacerse con un pensamiento que recrea nuestras convicciones preestablecidas falsas no deja sino un efecto alucinógeno ilusorio, un sueño que nos hace creer que poseemos nuestra realización en la vida, cuando lo real es lo contrario.
En conclusión, frente a un pensamiento acrítico-descuidado y a un pensamiento autocomplaciente-autopersauivo, solo el pensamiento crítico que tiene en cuenta la verdad puede ser considerado como valor frente a la necesidad del ser humano de desarrollarse, de perfeccionarse a sí mismo, de alcanzar la plenitud de lo que es según su naturaleza.
Solo mediante el continuo ejercicio de este pensar crítico, hasta hacerlo virtuoso, con la repetición continua de actos de pensamiento honesto, valiente y perseverante en la búsqueda de la verdad, y con la disposición a someter también nuestras emociones al escrutinio de la razón, solo así haremos de nuestra capacidad de pensar el cincel con el que esculpiremos nuestra vida como obra de arte.

Saludos Gustavo, adoptar la práctica racional como virtud sería una muy buena tarea para iniciar, no obstante, considero que no solamente hay que desarrollar la práctica de la razón sino más que de la razón, la práctica de la comprensión, puesto que la razón puede estar asociada a creencias y la comprensión está más cerca de la sabiduría, pues se desliga de la razón, el pensamiento , el sentimiento y la emoción, con una visión más amplia del todo y de la “realidad” pero sin juzgar estas dimensiones individuales. No es tarea fácil ni de corto plazo como dices, porque es un proceso individual y cuesta mirarse “para adentro”.
ResponderEliminarSobre el artículo, muy interesante artículo sobre el pensamiento crítico; coincido en que “el pensamiento debe ser cultivado, debe ser perfeccionado”, y para ello se debe cultivar no solamente desde lo intelectual . Algunas filosofías orientales precisamente sugieren como práctica constante alinear el sentir, el pensar y el hacer, es decir, lograr que vayan en un mismo camino para ir desarrollando el equilibrio, entre “mente, cuerpo y espíritu”, que puedan llevar a estados de integridad y virtuosidad…...qué complejo, arduo trabajo por hacer.
Sobre la verdad…..mucho por analizar y seguir dialogando.
Un abrazo.
Juan Carlos Reyes
Hola Juan Carlos. Me permito responderte.
ResponderEliminarTú dices lo siguiente:
“”Adoptar la práctica racional como virtud sería una muy buena tarea para iniciar, no obstante, considero que no solamente hay que desarrollar la práctica de la razón sino más que de la razón, la práctica de la comprensión, puesto que la razón puede estar asociada a creencias y la comprensión está más cerca de la sabiduría, pues se desliga de la razón, el pensamiento , el sentimiento y la emoción, con una visión más amplia del todo y de la “realidad” pero sin juzgar estas dimensiones individuales. No es tarea fácil ni de corto plazo como dices, porque es un proceso individual y cuesta mirarse “para adentro”.
La razón es una facultad que permite que determinado tipo de pensamientos tengan la cualidad de ser coherentes y consistentes.
La coherencia se consigue cuándo el enlace o la conexión entre los pensamientos respeta los principios lógicos, las reglas de la inferencia, los procedimientos y propiedades argumentativas y el orden funcional de lo real. Ahora bien, este orden funcional de lo real presenta unos comportamientos que aunque indemostrables en el sentido de que se deriven de otros principios más generales, son evidentes, esos son los principios lógicos fundamentales como el principio de no contradicción, el de identidad y causalidad y las reglas de inferencia, tanto deductivas como inductivas. No sé si cuando hablas de que la razón se puede basar en creencias te refieras a esto que estoy diciendo, pero en todo caso un ejercicio racional debería basarse en último término solo en estos principios.
Frente a la segunda parte de lo que dices. Afirmo y sostengo que la práctica racional es la única forma que tenemos de liberarnos de la manipulación. Cuándo hablo de manipulación me refiero a la manipulación de los medios, de la propaganda, de nuestras creencias y de nuestras emociones. Pero no lo hago en forma de lo que se podría llamar una “liberación individual”, sino de una práctica política que nos ayude a vivir en sociedad y a mejorar, que nos ayude a tomar decisiones como colectivo, a comunicarnos sin agredirnos a llegar a acuerdos sin violencia y esto lo escribí precisamente atendiendo al contexto político que estamos viviendo.
ResponderEliminarPero tu hablas de la comprensión mas allá de la razón, de la sabiduría que se desliga de la razón.
Cuando planteas a la comprensión de esta forma y conociendo un poco tu pensamiento y algunos de tus referentes (Dr. Schmedling, filosofía oriental), me atrevo a decir lo siguiente:
Ø Si hablas de la comprensión como desligada de la razón, se infiere a que ella es un asunto de experiencia personal, una especie de insight o yendo más allá una especie de iluminación. Esto lo refuerzo cuando al final dices que: “es un proceso individual y cuesta mirarse “para adentro””.
Desde esta forma de entender a la comprensión y teniendo en cuenta que lo que dije acerca de la práctica racional y el pensamiento crítico, se inscribe dentro de una problemática social, te hago dos críticas puntuales.
la primera es el solipsismo de la comprensión. La comprensión al ser un asunto personal y una especie de iluminación es incomunicable, no puedo “pasarle” mi comprensión a otro porque como tu dices es un asunto individual.Esto es un problema para la búsqueda de acuerdos sociales, puesto que no hay criterios para saber si lo que tu dices haber comprendido en tu insight, no es un autoengaño o una ilusión. En este sentido, la única posibilidad aquí sería esperar un futuro dónde todo el mundo haya alcanzado esta comprensión y esperar a que las personas actúen basados en sus comprensiones individuales, con la fe en que esto por si mismo resolverá todo los problemas sociales. La verdad, creo que la historia ha tenido demasiado pocos “iluminados” para pensar que esto pueda ser una realidad algún día.
La segunda crítica tiene que ver con esto que dices: “la comprensión está más cerca de la sabiduría, pues se desliga de la razón, el pensamiento , el sentimiento y la emoción, con una visión más amplia del todo y de la “realidad” pero sin juzgar estas dimensiones individuales”
Este asunto de no hacer juicios, ni hacer evaluación de la realidad (puesto que al hacerlo se estaría usando la razón), me parece profundamente peligroso. Considerar que no existen categorías objetivas de acciones injustas, incorrectas, que no hay victimas ni victimarios sino “aprendizajes posibles”, nos impide una indignación moral sobre lo que esta mal y obstaculiza por ende generar transformaciones sociales que nos mejoren.
Ahora bien, la incapacidad de juzgar y evaluar afirmaciones concretas sobre problemas sociales concretos, nos llevaría a una parálisis en la acción colectiva, no podríamos tomar cursos de acción efectivos, decidir en el marco de un conflicto de personas o comunidades con intereses y propósitos opuestos.
Necesitamos más allá de iluminaciones individuales una forma de que como sociedad, como especie nos podamos poner de acuerdo y construir juntos un mundo mejor y eso no se puede hacer sin la razón sino todo lo contrario, gracias a ella
Un abrazo.